Aguja Taller

Esperanza Galván

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Sobre

León, Guanajuato. Pasé la treintena completa detrás de la caja de una tienda de insumos para zapateros, en pleno centro histórico. Enfrente, las talabarteras practicaban anudados con tira de piel mientras yo cobraba hebillas y hormas sin saber hacer un solo nudo.

Una tarde de lockdown sin una sola clienta en la tienda, compré una madeja de algodón crudo en un puesto del mercado de la cruz y seguí un tutorial de YouTube sobre colgantes para maceta. No tenía bastidor, no sabía qué gramaje pedir, no había oído hablar de un nudo de alondra. El primer colgante salió chueco y corto, pero el cordón crujió al tensar el nudo cuadrado de una forma que se sintió bien, y con eso bastó para buscar el tutorial siguiente al otro día.

Cinco años después, el cuarto del segundo piso de la casa de mi mamá (ventana chica hacia la calle, poca luz directa por las tardes) vive lleno de wall hangings a medio terminar, ovillos de algodón teñido, ositos amigurumi que llegaron tarde para el cumple de la sobrina, y la libreta donde anoto cuánto cobrarle a cada clienta que me encuentra por WhatsApp el jueves antes del tianguis sabatino. La mesa plegable de plástico blanco tiene manchas de tinte que ya no salen, y los ovillos ruedan por el mosaico hidráulico cada vez que alguien abre la puerta de golpe.

De los cursos de Hotmart que probé, el que más me costó fue uno de macramé que devolví dentro de los siete días: desde el módulo tres solo repetían con otras palabras lo que ya había enseñado el módulo uno, puro relleno para justificar el precio. El que sí terminé completo se pagó solo casi de inmediato, porque las clientas que lo motivaron empezaron a repetir pedido al mes siguiente.

Remedios Vargas, del grupo de WhatsApp de artesanas de León, manda capturas de tutoriales nuevos con el mismo mensaje de siempre: “prueba esto”. Teje macramé desde hace años pero nunca vende, solo regala, y aun así sabe más de nudos que la mitad de los cursos que pagué completos.

Sin escuela de moda ni diploma de diseño textil, lo que respalda estas reseñas es otra cosa: cinco años en el mismo cuarto, la costumbre de cuadrar cuentas que traje de la caja registradora, y saber qué proveedor del mercado de la cruz entrega el gramaje que promete y cuál llega corto.

Los sábados, Araceli Lechuga pone su mesa de plantas de maceta justo al lado de mi puesto, como hace desde el primer sábado que llegué al tianguis. No tiene reparos en decir si un precio está alto o bajo, y ese criterio de vecina vale más que cualquier módulo de ventas que haya pagado en Hotmart.

Aguja Taller es esa libreta y esas clientas que regresan.

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Aviso

En agujataller.com hay enlaces de afiliado. Si una clienta termina contratando un curso o pidiendo un material a través de uno de ellos, el taller recibe una comisión sin que el precio que ella paga cambie. Eso no cambia lo que escribo en una reseña: si un curso no se pagó solo en piezas cobradas, lo digo con nombre del proveedor o de la plataforma.