Aguja Taller

Qué hilos de algodón comprar para teñir macramé con colores naturales

Qué hilos de algodón comprar para teñir macramé con colores naturales

Una tarde calurosa de mayo, el olor a cebolla hirviendo inundó el cuarto de arriba de la casa de mi mamá. No era que estuviéramos preparando un guiso para toda la cuadra, sino que yo estaba ahí, con el ventilador a todo lo que da, intentando rescatar una madeja que había quedado de un color gris sucio en lugar del ocre vibrante que me prometió el tutorial de YouTube. Tenía los dedos manchados y el ánimo por los suelos porque, después de tres semanas de pruebas, nada me salía como en las fotos de Instagram. Ese fue el día que entendí que el secreto no está en la olla, sino en lo que echas a nadar en ella.

Llevo ya un buen rato en esto de los nudos, desde que dejé la caja de la tienda de insumos en el centro histórico de León. Al principio, una compra lo que hay: lo que te vende la señora del mercado de la cruz que te jura que es "algodón del bueno". Pero cuando te metes al mundo de los tintes botánicos, la cosa cambia. No cualquier hilo aguanta el baño maría ni cualquier fibra se deja querer por la cáscara de aguacate o el palo de Brasil. Si estás pensando en darle color a tus piezas con lo que tienes en la cocina, deja que te cuente lo que he aprendido a punta de echar a perder material en ese cuarto lleno de ovillos a medio terminar.

La trampa del algodón que no es algodón

Comparación visual entre hilaza de algodón crudo natural y mezcla sintética para teñido.

Hace unos seis meses, compré lo que yo juraba era una ganga en el centro. La etiqueta decía algodón, el tacto se sentía decente, pero a la hora de meterlo al tinte de cáscara de nuez, la hilaza simplemente escupió el color. Ahí me di cuenta de la primera gran lección: hay una diferencia abismal entre el tacto áspero y polvoso de la hilaza de algodón crudo de verdad y esa suavidad resbaladiza de las mezclas sintéticas que te quieren encajar como si fueran fibra natural.

El problema es que muchas hilazas comerciales traen un recubrimiento o una mezcla de poliéster que no se ve a simple vista. Si la fibra tiene plástico, el tinte natural se resbala. Es frustrante ver cómo todo el color de un tinte de palo de Brasil se va por el drenaje al enjuagar, revelando que el hilo que compraste con tanto cariño era en realidad un 50% plástico disfrazado. Para teñir, necesitas que la fibra tenga hambre de color, y eso solo lo da la celulosa del algodón puro o casi puro.

En mi experiencia, la hilaza de urdimbre, esa que viene peinada y es muy suave, absorbe el color de forma muy distinta a la hilaza torcida. Yo prefiero la de tres cabos para el macramé que va teñido. La torsión ayuda a que el pigmento se asiente en los recovecos del hilo, creando sombras y profundidades que una hilaza plana simplemente no tiene. Además, cuando la metes al agua a 100°C (el punto de ebullición necesario para sacar el jugo a las cortezas), la hilaza torcida mantiene mejor su estructura y no se despeluca tanto como la peinada.

Grosores y estructuras: 3mm y 4mm son la clave

Hilos de macramé de 3mm y 4mm con estructura de tres cabos torcidos para teñir.

Si vas a empezar a experimentar, no te compliques con grosores extraños. El estándar de 3mm y 4mm es lo ideal por una razón técnica muy sencilla: el tiempo de penetración del tinte. Un cordón de 6mm o más grueso tarda una eternidad en saturarse por dentro, y corres el riesgo de que al hacer los nudos, el centro del hilo se vea blanco o crudo, dándole a tu pieza un aspecto de "mal pintado" que a las clientas del tianguis no les gusta nada.

Por otro lado, la hilaza muy delgada se enreda en la olla y es un dolor de cabeza desenredarla sin que se haga un nudo de marinero imposible. Yo siempre busco la de tres cabos porque, al ser la estructura clásica, te permite jugar con el deshilachado de las puntas después de teñir. No hay nada más bonito que un wall hanging con barbas degradadas que se ven naturales. Si quieres profundizar en este tema, te recomiendo ver las mejores hilazas para macramé según su grosor, porque elegir el cuerpo del hilo es la mitad de la batalla ganada.

Un detalle que aprendí durante las tardes de mayo, cuando el calor de León parece que te va a derretir, es que el algodón crudo, ese que viene sin blanquear y sin mercerizar, es el que mejor respeta los tiempos del teñido artesanal. El algodón mercerizado tiene un brillo que a veces choca con el aspecto orgánico que una busca con los tintes botánicos. Se ve como muy "de fábrica". El crudo, en cambio, tiene esa honestidad de la tierra que absorbe el alumbre de potasio (el fijador que yo uso) y se queda con el color de forma permanente, sin miedo al sol del sábado en el puesto.

La verdad prohibida sobre las mezclas sintéticas

Hilaza teñida con tintes naturales mostrando diferentes niveles de absorción y fijación del color.

Aquí es donde voy a decir algo que a lo mejor hace que las puristas del diseño textil se lleven las manos a la cabeza, pero a mí me ha funcionado en la práctica real, esa de calcular cuánto cobrar para que me salga la cuenta del internet. Existe el mito de que para teñir con plantas necesitas algodón orgánico 100% puro, certificado por los mismos dioses del Olimpo. Pero, ¿te digo una cosa? He descubierto que el hilo con un pequeñísimo porcentaje de fibra sintética (hablo de un margen muy pequeño, casi imperceptible al tacto) a veces absorbe los tintes naturales con mucha mayor intensidad.

Parece una contradicción, pero ese toque de poliéster bien mezclado ayuda a que el color no se desvanezca tan rápido con las lavadas o con la luz que entra por las ventanas de las clientas. El algodón 100% puro es una maravilla, sí, pero es muy caprichoso. Si no haces el proceso de mordentado perfecto, el color se va perdiendo y termina pareciendo una prenda vieja en tres meses. Esa pequeña trampa de la mezcla me ha salvado varias piezas que hoy siguen tan vibrantes como el día que salieron de la olla.

Claro que hay que saber distinguir. No es lo mismo una hilaza con un 5% de poliéster que un cordón que parece cordón de zapatos de plástico. Si quieres entender mejor cómo se comportan estos materiales antes de meterlos al agua, te sugiero leer sobre las diferencias entre cordón de algodón y poliéster. Te va a ahorrar muchos corajes y muchos pesos tirados a la basura en el mercado.

El proceso en la estufa de la casa

Proceso artesanal de teñido de hilo de algodón en una olla sobre la estufa.

Un jueves por la mañana antes del tianguis, decidí que ya no iba a comprar más tintes de sobrecito. Me puse a hervir cáscaras de aguacate que le pedí a la señora de la cocina económica de la esquina. El proceso es lento y requiere paciencia, algo que a veces nos falta cuando tenemos pedidos acumulados por WhatsApp. Tienes que lavar bien el hilo primero (el famoso purgado) para quitarle cualquier grasa o polvo del almacén. Si no lo haces, el tinte queda a parches.

Después viene el mordentado. Yo uso alumbre porque es lo más fácil de conseguir y no es tóxico como otros químicos. Sumerges tu algodón de 3 o 4 cabos y lo dejas ahí, que se tome su tiempo. Lo que he notado es que la temperatura constante es vital. No puedes dejar que el agua hierva a borbotones como si estuvieras haciendo una sopa; tiene que ser un calor suave, constante, que invite al pigmento a entrar en la fibra sin romperla.

Cuando por fin sacas la madeja y ves ese color que no podrías comprar en ninguna tienda porque es único, fruto de la combinación del agua de tu ciudad, el clima de ese día y el tipo de algodón que elegiste, la satisfacción es enorme. Es un sentimiento muy distinto a simplemente comprar el hilo ya teñido de fábrica. Sientes que la pieza tiene alma.

De la olla al tianguis: lo que realmente importa

Tapiz de macramé terminado con degradados de color obtenidos mediante teñido natural botánico.

Al final del día, después de pasar horas entre vapores y nudos, lo que cuenta es la cara de la clienta cuando toca un tapiz y siente la textura de un algodón que ha sido tratado con respeto. No soy egresada de ninguna escuela de moda ni tengo un diploma colgado en la pared, pero sé reconocer cuando un material vale lo que cuesta. He tomado varios cursos, algunos buenos y otros que eran puro relleno, pero nada te enseña más que ver cómo el color se asienta en la fibra mientras el sol se mete por la ventana de tu cuarto.

Si vas a invertir en hilaza para teñir, busca proveedores que sean honestos con el gramaje y la composición. En el mercado de la cruz me han aplicado la de darme un precio el miércoles y otro el sábado, o decirme que es algodón puro cuando al quemar la punta huele a plástico quemado. Aprender a hacer la prueba del encendedor es básico: si la ceniza es gris y se deshace, es algodón; si se hace una bolita negra y dura, corre de ahí.

Este domingo voy a probar una nueva tanda con cáscaras de cebolla morada y un poco de hierro para ver si logro ese verde musgo que me pidió una señora de Guadalajara por Instagram. Todavía me da vueltas la cabeza si abrir la tienda formal o seguir así, pero lo que tengo claro es que no vuelvo a comprar hilaza sin tocarla primero. Al final, este negocio se trata de eso: de las manos, del tacto y de no dejarse engañar por las etiquetas bonitas que no aguantan ni el primer hervor.

Artículos relacionados